En que se
cuenta quién fue el cacique de Guatavita y quién fue el de
Boqotá, y cuál de los dos tenía la monarquía de este Reino, y quién tenía la de Tunja y su
partido. Cuéntase así mismo el orden y
estilo que tenían de nombrar caciques o reyes, y de dónde se originó este
nombre engañoso del Dorado.
En todo lo descubierto de
estas Indias occidentales o Nuevo Mundo, ni entre sus naturales, naciones y
moradores, no se ha hallado ninguno que supiese leer ni escribir, ni aún
tuviese letras ni caracteres con qué poderse entender, de donde podemos decir,
que donde faltan letras faltan cronistas; y faltando esto falta la memoria de
lo pasado. Si no es que por relaciones pase de unos en otros, hace la
conclusión a mi propósito para probar mí intento.
Entre dos cabezas o príncipes
estuvo la monarquía de este Reino, si se permite darle este nombre: Guatavita
en la jurisdicción de Santafé, y Ramiriquí en la jurisdicción de Tunja (1).
Llámolos príncipes, porque eran
conocidos por estos nombres; porque en diciendo Guatavita era lo propio que
decir el Rey, aquello para los naturales, lo otro para los españoles; y la
misma razón corría en el Ramiriquí de Tunja. Entendido este fundamento,
primero hago la derivación por qué en estas dos cabezas principales había
otras con títulos de caciques, que
hoy conservan y es lo más común, unos con sobrenombres de ubzaquet, a quien pertenece el nombre de duques; otros se llamaban yuiquaet, que es lo propio que decimos
condes o marqueses; y los unos y los otros muy respetados de sus vasallos, y
con igual jurisdicción en administrar justicia, en cuanto con su entendimiento
la alcanzaban, aunque el hurto fue siempre castigado por ellos y otros de
estos, que adelante trataré algo de ellos.
Guatavita que, como tengo dicho,
era el Rey, no tenía más que una ley de justicia, y esta escrita con sangre
como las de Dragón, porque el delito que se cometía se pagaba con muerte, en
tánto grado, que si dentro de su palacio o cercado algún indio ponía los ojos
con afición en alguna de sus mujeres, que tenía muchas, al punto y sin más
información, el indio y la india morían por ello.
Tenían a sus vasallos tan
sujetos, que si alguno quería cobijarse alguna manta diferente de las demás, no
lo podía hacer sin licencia del señor y pagándolo muy bien, y que el propio señor
se la había de cobijar. Discurra el curioso en los trajes presentes, si se
guardara esta ley, dónde fuéramos a parar.
Pasaba más adelante esta
sujeción, que ningún indio pudiese matar venado ni comerlo sin licencia del
señor; y era esto con tánto rigor, que aunque los venados que había en aquellos
tiempos, que andaban en manadas como si fueran ovejas, y les comían sus
labranzas y sustentos, no tenían ellos licencia de matarlos y comerlos, si no
se la daban sus caciques.
(1) Lo. que se refiere aquí está errado en
cuanto se relaciona con la monarquía o sistema
de gobierno. El cronista dice que se lo contó don Juan, cacique y señor de
Guatavita, su amigo, sobrino de aquel que hallaron los conquistadores en la silla;
tenía, por tanto, interés en el asunto. Cuando llegó la conquista española al
imperio chibcha, ejercían el gobierno cinco soberanos independientes: el Guanentá, el Tundama, el Sugamuxi, el Zaque y el Zipa que era el más poderoso y residía en Bacatá. La nación chibcha
no tenía unidad de gobierno.
En ser viciosos y tener
muchas mujeres y cometer grandes incestos, sin reservar hijas y madres, en
conclusión bárbaros, sin ley ni conocimiento de Dios, porque sólo adoraban al
demonio y a éste tenían por maestro, de donde se podía muy claro conocer qué
tales serían sus discípulos.
Y volviendo a Guatavita, en
quien dejé el señorío, digo que tenía por su teniente y capitán general para lo
tocante a la guerra a Bogotá, con título de Cacique Ubzaque, el cual siempre
que se ofrecía alguna guerra con panches o culimas, sus vecinos, acudía a ella
por razón de su oficio.
Paréceme que algún curioso me
apunta con el dedo y me pregunta, que de dónde supe estas antigüedades, pues
tengo dicho que entre estos naturales no hubo quien escribiese, ni cronistas.
Respondo presto por no me detener en esto, que nací en esta ciudad de Santafé,
y al tiempo que escribo esto me hallo en edad de setenta años, que los
cumplo la noche que estoy escribiendo este capítulo, y que son los 25 de abril
y día del señor San Marcos, del dicho año de 1636. Mis padres fueron de los
primeros conquistadores y pobladores de este Nuevo Reino. Fue mi padre soldado
de Pedro Úrsula, aquel a quien Loe de Aguirre mató después en el Maratón,
aunque no se halló con él en este Reino sino mucho antes, en las jornadas de
Tarifan, Valle de Upar y Río del Hacha, Pamplona y otras partes.
Yo en mí mocedad, pasé de
este Reino a los de Castilla, a donde estuve seis años. Volví a él y he corrido
mucha parte de
y entre los muchos amigos que
tuve fue uno don Juan, Cacique y señor de Guatavita, sobrino de aquel que
hallaron los conquistadores en la silla al tiempo que conquistaron este Reino;
el cual sucedió luego a su tío y me contó estas antigüedades y las siguientes.
Díjome que al tiempo que los
españoles entraron por Vélez al descubrimiento de este Reino y su conquista, él
estaba en el ayuno para la sucesión del señorío de su tío; porque entre ellos
heredaban los sobrinos hijos de hermana, y se guarda esa costumbre hasta hoy
día; y que cuando entró en este ayuno ya él conocía mujeres; el cual ayuno y
ceremonias eran como se sigue.
Era costumbre entre estos
naturales, que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo
de su tío, a quien heredaba, había de ayunar seis años, metido en una cueva
que tenían dedicada y señalada para esto, y que en todo este tiempo no había de
tener parte con mujeres, ni comer carne, sal ni ají, y otras cosas que les
vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol; solo de
noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y
recogerse antes que el sol los viese; y cumplido este ayuno y
ceremonias se metían en
posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era
ir a la gran laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio, que tenían
por su dios y señor.
La ceremonia que en esto
había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, aderezábanla
y adornábanla todo lo más vistoso que podían; metían en ella cuatro braseros
encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el zahumerio de
estos naturales, y trementina con otros muchos y diversos perfumes.
Estaba a este tiempo toda la
laguna en redondo, con ser muy grande y hondable de tal manera que puede
navegar en ella un navío de alto bordo, la cual estaba toda coronada de
infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chaguales y coronas de oro,
con infinitos fuegos a la redonda, y luégo que en la balsa comenzaba el zahumerio,
lo encendían en tierra, en tal manera, que el humo impedía la luz del día.
A este tiempo desnudaban al
heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo
espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de
este metal. Metíanle en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le
ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban
con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos muy
aderezados de plumería, coronas de oro, brazales y chagualas y orejeras de oro,
también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento.
En partiendo la balsa de
tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y
con esto una gran vocería que atronaba montes y valles, y duraba hasta que la
balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía señal
para el silencio.
Hacia el indio dorado su
ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la
laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban, hacían lo
propio; lo cual acabado, abatían la bandera, que en todo el tiempo que
gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra
comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas
a su modo; con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba reconocido
por señor y príncipe.
De esta ceremonia se tomó
aquel nombre tan celebrado de¡ Dorado, que
tantas vidas ha costado, y haciendas. En el Perú fue donde sonó primero este
nombre dorado; y fue el caso que habiendo ganado a Quito, donde Sebastián de
Belalcázar andando en aquellas guerras o conquistas topó con un indio de este
Reino de los de Bogotá, el cual le dijo que cuando querían en su tierra hacer
su rey, lo llevaban a una laguna muy grande y allí lo doraban todo, o le
cubrían de oro, y con muchas fiestas lo hacían rey. De aquí vino a decir el don
Sebastián “vamos a buscar este indio dorado”.
De aquí corrió la voz a
Castilla y a las demás partes de Indias, y a Belalcázar le movió venirlo a
buscar, como vino, y se halló en esta conquista y fundación de esta ciudad,
como mas largo lo cuenta el padre fray Pedro Simón en la quinta parte de sus
noticias historiales, donde se podrá ver; y con esto vamos a las guerras
civiles de este Reino, que había entre sus naturales, y de dónde se originaron,
lo cual diré con la brevedad posible porque me dan voces los conquistadores de
él, en ver que los dejé en las lomas de Vélez guiados por el indio que llevaba
los dos panes de sal, a donde podrán descansar un poco mientras cuento la
guerra que hubo entre Guatavita y Bogotá, que pasó como se verá en el
siguiente capítulo.